…y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte

Estados Unidos ya no existe. El mundo tal y como lo conocíamos ha desaparecido. Siglos de excesos, sobreexplotación de recursos, efecto invernadero, armas biológicas, gases tóxicos, guerras, programas nucleares y consumismo desenfrenado acabaron por provocar una hecatombe de proporciones bíblicas.  Hambrunas, carestía, racionamientos, cortes en los suministros, situaciones que llevaron a la población norteamericana, tan acostumbrada a la autocomplacencia, al límite.

Como toda tensión que acaba irremediablemente en fractura, los estados se convulsionaron, se rebelaron y se lanzaron a una guerra civil sin cuartel para luchar por la supervivencia del más fuerte. Tras esa guerra, la población diezmada, el Estado resurgió, como siempre, fortalecido, y se instauró un régimen opresivo y dictatorial por nuestro propio bien. Estados Unidos murió. Panem había nacido.

En este universo futurible y distópico se ubica nuestra novela de hoy, “Los juegos del hambre” de la aclamada autora norteamericana Suzanne Collins. Limitadamente calificada como novela “adulto-juvenil”, he de reconocer que me ha tenido obsesionada durante, al menos, una semana, que es el tiempo que he tardado en beberme la saga entera. Las casi dos mil páginas que ocupan sus tres volúmenes (Los juegos del hambre, En llamas y Sinsajo) se hacen tan peligrosamente adictivas que casi te saben a poco.

Panem, el estado absolutista y controlador que rige el país antes conocido como Estados Unidos está configurado como un reino de taifas, formado por 12 estados, llamados Distritos, y el Capitolio. La gente nace, crece y muere en su Distrito, dedicado a la actividad que en cada uno de ellos se desarrolla por orden del Capitolio (agricultura, minería, industria…). Nadie cambia de distrito. Nadie sabe nada realmente sobre la vida en otros distritos. Todos odian a otros distritos, porque algún día matarán a uno de los suyos.

Hubo un tiempo en el que existía un decimotercer estado, que fue destruido en Los Días Oscuros, la guerra civil que hace 74 años asoló el país. Para conmemorar este acontecimiento trágico, el Capitolio celebra cada año una suerte de Olimpiada macabra, “Los Juegos del Hambre”, en la cual participan obligatoriamente un chico y una chica de entre 12 y 18 años, elegidos al azar en cada distrito mediante un evento público, irónicamente llamado “La Cosecha”, que todos los habitantes deben celebrar como un día festivo.

Katniss Everdeen es una chica de 16 años del Distrito 12, el más pobre de todo Panem, que perdió a su padre en un accidente de minería cuando apenas tenía 11 años. Obligada a sacar adelante a su familia tras el shock emocional que tuvo a su madre en la cama durante meses, siempre ha sido una luchadora que ha tratado de proteger a su hermana menor, Prímula (o Prim), alejada de los peligros. Por eso, cuando su nombre sale elegido en “la cosecha”, Katniss se presenta voluntaria para ocupar su lugar en los juegos.

Alejada de su mundo y todos los que ama, Katniss se dirigirá al Capitolio junto con Peeta, un chico de su distrito, para participar en el evento anual, televisado y de visionado obligatorio, que resulta el entretenimiento favorito de las clases pudientes: ellos apuestan por sus favoritos, los patrocinan enviándoles regalos a la arena y celebran las escenas más morbosas como “el auténtico espíritu de los juegos”.

Como una suerte de Gran Hermano sangriento, el planteamiento es simple: todos entran, sólo uno sale. De este modo, los chicos son abandonados en un entorno hostil y artificial, creado cada año por el Capitolio y plagado de trampas, donde se ven obligados a luchar entre ellos a muerte hasta que uno sólo resulte vencedor. En la arena, todo vale, siempre y cuando no desafíes el poder establecido.

Con elementos orwellianos más que evidentes, la novela es una vorágine de acción,  muerte y decadencia, pero también toques de esperanza, mínimos gestos de rebeldía que pueden llegar a desatar reacciones imprevisibles e incontrolables por parte del status quo.

Narrada en primera persona por su protagonista, que se revela como un personaje de compleja psique, nos muestra la experiencia intensa y límite de una formal dolorosamente cercana, a la vez que crea vacíos en torno a las acciones y motivaciones del resto de co-protagonistas que, en lugar de entorpecer la trama, la enriquecen al dejar al lector en la misma situación de incertidumbre que sufre la heroína.

A pesar de haber sido criticada por las similitudes con Battle Royale, del japonés Koushun Takami, en su planteamiento, el desarrollo de la novela y, sobre todo, de la saga, va más allá de la original nipona (quizá no del manga, no lo he leído), hasta crear todo un universo que te atrapa por su brutalidad, su decadencia, su delirante realidad y su rabia electrizante por sobrevivir.

“Felices Juegos del Hambre y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte”

Por Plug In Polly

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