Sólo hay dos cosas infinitas

“Sólo hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y no estoy muy seguro de lo primero”.

Nadie mejor que un genio como Einstein pudo haber verbalizado en menos palabras lo que pienso desde hace mucho tiempo. El ser humano es imbécil. Así, de gratis, sin que se lo pidas ni nada.

Prueba de ello es la recomendación que os traigo hoy y que parte de una de las más frecuentes manifestaciones de esa estupidez que nos es intrínseca a los (irónicamente) llamados “Homo Sapiens”: el género del terror.

Nos gusta pasar miedo, es un hecho. Nos gusta pasarlo mal; que nos hagan tener las entrañas retorcidas bailando la jota aragonesa a ritmo de Thrash, dar botes en la silla con el consiguiente vuelco de corazón y riesgo de infarto masivo y sentirnos asqueados ante el despliegue de medios únicamente destinados a ello. Nos sometemos a esos sentimientos voluntariamente, incluso pagamos por ello. Así pues, ¿cómo dudar de nuestra propia estupidez?

En cualquier caso, y ya hecha la autocrítica, dado nuestro gusto por la auto-tortura como expresión de nuestro atormentado espíritu decimonónico, hoy vengo a añadir más leña al fuego de las “historias para no dormir”.  Eso sí, con un toque muy distópico y muy kitsch (que nadie sabe lo que significa y aun así nos encanta decirlo).

Como aún habrá algún afortunado de vacaciones, y por todos es sabido lo ocupadísimos que estamos en estas fechas, el libro que os recomiendo yo es una lectura ligera, un compendio de historias de terror, intriga y dolor de barriga acuñado ni más ni menos por el genio del género, Alfred Hitchcock.

Os hablo de “Prohibido a los nerviosos”, un compendio de 24 relatos breves de terror e intriga, seleccionados por el maestro del género entre algunos de los autores más destacados de la narrativa actual (Dorothy L. Sayers, Ray Bradbury, Fredric Brown o Carter Dickson, entre otros), que juegan con la psique del lector, introduciéndolo en una trama breve pero magistralmente construida donde las cosas, la mayoría de las veces, no son lo que parecen y no resultan como se espera.

El escalofrío que recorre el espinazo en la lectura del párrafo final, mezcla a partes iguales de miedo y de placer, es el mejor testimonio de que estos relatos son la flor y nata del mal hecho literatura, de la deformación de la palabra hasta hacerla sentimiento y el contagio de esa sensación a través del papel a la punta de los dedos.

“Prohibido a los nerviosos” es una de esas lecturas que eliges para leer con calma, desgranando relato a relato, pero que acabas engullendo de forma voraz, buscando el siguiente vuelco en el pecho que produce la comprensión final de lo que realmente está pasando en el relato de turno.

Tocando géneros tan dispares como la ciencia ficción, el thriller o la fantasía y temas tan variados como una familia política demasiado entrometida, la capacidad de precognición de un adolescente o el plato típico de un pequeño pueblo, el libro nos transporta mundos y realidades tan dispares como los autores de sus historias, con el único punto común del gusto del ser humano por pasarlo mal.

Y es que, como anticipa el propio Hitchcock en el “Breve mensaje previo” que da paso a la lectura: “Si tiene usted el hábito de morderselas uñas, si salta del asiento cuando oye un portazo o si lanza un alarido cuando alguien grita «¡Bu!» junto a su oreja, mi mensaje se reduce a tres palabras: «Suelte este libro».

Por el contrario, si posee usted buen control de sus nervios y si éstos reaccionan con placentero cosquilleo ante un toque de horror o hallan un delicioso estímulo en la chispita de «suspense», cordialmente le invito a que me siga.”

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