Ni a tu peor enemigo…

Resulta que estaba yo Skypeado con mi madre el otro día (tengo el dudoso honor de encontrarme entre los muchos jóvenes de mi generación que tuvimos que irnos a una porrada de kilómetros de casa a encontrar un trabajo, “Generación perdida” que nos llaman) y le comentaba que me justo había acabado un libro, fruto de un regalo, que no me había gustado “ni mucho, ni poco, ni ná”, que dirían en mi tierra, y que ni me iba a molestar en hablar de él.

 

Pero luego, buceando por la red en busca de recetas de postres para alimentar otra de mis múltiples obsesiones, la cocina, me encontré con este post de lo más majo, obra de las maravillosas chicas de Mensaje en una Galleta, uno de mis muchos blogs de cocina de cabecera, sobre los “20 libros que negarás haber leído” y se me ocurrió que, ya que os hablo maravillas de los libros que me gustaban, por qué no advertiros de esos libros que no recomendaría ni a mi peor enemigo. Bueno, igual me he pasado. Digamos los libros que habría preferido no haberme cruzado en mi camino.

Partamos de la base de que es mucho más grato hablar de algo que te gusta que de algo que te desagrada y de que yo respeto la máxima de Harry (El Sucio) de que “las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo” (“…y cree que es el de los demás el que huele mal”, que añado yo de cosecha propia). A partir de ahí he decidido haceros una lista sobre los 15 libros que nunca debería haber leído. Quería que fueran 20, como los de mis galleteras favoritas, pero la memoria humana es sabia, y selectiva, y ha logrado que olvide muchos de mis fiascos bibliográficos, a la biología gracias.

Así pues, y sin más dilación, aquí os dejo el top 15 de los libros que no recomendaría ni a mi peor enemigo:

(Advertencia: el orden de los libros es totalmente aleatorio, todos y cada uno de ellos disgustaron profundamente a la que suscribe por los motivos que pasan a exponerse a continuación, sin que pudiera la autora determinar, a día de hoy, cuál fue el peor y cuál no fue tan malo)

1. El imposible olvido, Antonio Gala.

Lo sé, es uno de los grandes de la literatura española contemporánea. Siempre lo he admirado mucho como poeta pero, qué queréis que os diga, su historia de amor homosexual pre y post Guerra Civil entre el protagonista y un jóven que después resulta ser un ente de otro planeta que no envejece me pareció, como poco, hilarantemente aburrida.

2. Nosotras que no somos como las demás, Lucía Etxebarría.

Parto de la base de que nunca me ha gustado especialmente esta mujer, a excepción de su libro “Un milagro en equilibrio”, del que quizá os hable otro día, y esta historia de lesbianas que se masturban, prueban con hombres y tienes relaciones entre ellas me pareció más un folletín pseudoerótico que una novela digna. Si os apetece el género lésbico, mejor echad un vistazo a la serie “L World”.

3. La de Bringas, Benito Pérez Galdós.

Más clásicos. El señor Pérez Galdós, ni más ni menos. En mi defensa diré que me obligaron a leerlo para la clase de historia en Bachillerato. Normalmente me encantaba tener que leer libros para clase y hacer análisis de los mismos, incluso me leía los voluntarios. Qué os voy a decir, hacer algo que me gusta y encima subir nota con ello era para mi un lujo. Hasta que me topé con este libro, y otros que paso a relatar a continuación. Decir que me aburrió sería poco, decir que su enrevesada prosa era poco menos que infumable se acercaría más a la verdad. Decir que odié profundamente a mi profesora por mandarlo, también.

4. La Plaza del Diamante, Mercé Rodoreda.

Otro clásico de la asignatura de historia. A este he de añadir que la trama del libro me resultó completamente insulsa; las motivaciones de los personajes, incomprensibles; y la prosa, excesivamente plana. Vamos, que no daba una la pobre profesora.

5. Siddhartha, Hermann Hesse.

Este libro, también de las lecturas de Bachiller, me lo leí a base de muchísima fuerza de voluntad. Era una de esas lecturas opcionales, en este caso de Literatura, y dado que el profesor en cuestión sí que solía acertar con sus recomendaciones, decidí darle una segunda oportunidad.Y una tercera. Y una cuarta. Al final, por pura cabezonería, me lo acabé, pero el rollo pseudo místico de un asceta buscando el Nirvana me pareció uno de los peores sufrimientos que me he obligado a pasar. Eso sí, yo quiero de lo que por aquel entonces fumara el Sr. Hesse.

6. El perfume, Patrick Süskind.

La última de las lecturas-sufrimiento de mi adolescencia. Antes de que alguien se ofenda aclararé algo: el libro, en esencia, no me pareció malo. La trama se desarrolla con la mezcla exacta de tensión y dramatismo y los personajes están muy bien dibujados, amén del París de la época. Y ese es exactamente el problema porque, amigos míos, ¿alguien me puede explicar cómo escribiendo un libro tan bueno le das ese final de mier*a? Mi teoría es que el autor lió tanto la trama que no sabía por dónde salir, o que se le cansó la mano, y decidió concluir un libro que podría haber sido buenísimo en un par de páginas, así, a lo que saliera. Y le salió un truño.

7. Iacobus, Matilde Asensi.

Mira que me gusta a mi esta mujer. Disfruté de lo lindo con libros suyos “El último Catón”, “Todo bajo el cielo” o “El origen perdido” pero Iacobus, a pesar de tratar una temática parecida a “El último Catón” y de estar ambientado en mi amadísimo Camino de Santiago, me pareció una novela vacía, plana, donde se suceden una serie de acontecimientos sin ton ni son, sólo para justificar el avance de la trama pero sin explicarlo, sin llegar a formar ese universo alternativo que te atrapa en su realidad y hace que te la creas.

8. Ángeles y demonios, Dan Brown.

Con el bestsellers-maker Dan Brown me pasa algo parecido. He de confesar que, como muchos de nosotros, me leí “El código Da Vinci” en un suspiro y lo disfruté de lo lindo. Además, he de reconocer a este señor su mérito en crear la moda de la conspiroparanoia y los libros sobre Templarios y demás sectas religiosas que vivimos a principios de la década de los 2000 pero, en serio, ¿cómo haces dos libros prácticamente idénticos siendo el primero un fiasco (la novela en cuestión fue escrita antes que “El código” pero sólo se publicó después de éxito de esta) y la segunda un clásico moderno? Otra novela plana, de acontecimientos sin sentido y, por qué no decirlo, de trama ubicada en otro tiempo y otro espacio pero, por lo demás, calco exacto de la estructura de su exitosa hermana menor.

9. El juego del ángel, Carlos Ruíz-Zafón.

Otro caso como el de Matilde Asensi. Adoro a este hombre. Del todo. Me he leído todas sus novelas, incluso las juveniles. De hecho, lo conocí con apenas 13 añitos, con su “Príncipe de la niebla”, de la mano de un profesor de la ESO que fue el creador de mi amor por la escritura (gracias, Don A.). A partir de ahí, novela suya que veía, novela que leía. Estas son las decepciones que más duelen porque, si bien es verdad que sus libros son todos muy parecidos, con una serie de leiv motif que se repiten y de personajes que parecen sombras unos de otros, pero sin llegar a serlo, “El juego del ángel” es todo eso pero a un nivel que, lejos de engrandecerlo, lo hace malo. Sin ser una primera o segunda parte de su aclamadísima “Sombra del viento”, ni tampoco un plagio, sino todo a la vez, esta ha sido una de esas veces en que piensas “¿tu también, Bruto, hijo mío?”.

10. Alicia en el país de las Maravillas, Lewis Carrol.

Más clásicos. En fin, si el señor Hesse fumaba, este directamente se iba a la vena. He de decir que lo leí siendo bastante jóven, con 12 años, pero…¡por Dios!¿¡cómo puede alguien haber pensado tan siquiera un momento que este peñazo enrevesado, oscuro, turbio e inquietante pudiera ser una novela infantil!? La caída de una niña al mundo de la locura y vamos a convertirlo en un clásico Disney de ayer y hoy. Ya os digo yo que Disey nos debe a los de mi generación muchas facturas de psicólogos. Y el señor Carrol, por extensión.

11. El fuego, Katherine Neville.

Otro caso de una secuela de las que no te explicas. Después de quedar totalmente prendada con la historia de “El ocho”, me lancé felizmente a leer su continuación para descubrir que era incapaz de pasar de las 100 páginas. 3 veces. Así que, tras las malas experiencias con mi cabezonería lectora, decidí que, para mí, la señorita Neville nunca había escrito este libro.

12. La piel del tambor, Arturo Pérez-Reverte.

¿¡Qué deciros de mi paisano y colega de profesión!?Odiado por muchos, alabado por otros, lo considero un gran amor literaro más, amén de un profesional como la copa de un pino. Lectora incondicional de su “Patente de Corso”, miembro de su “Club Dumas”, hija de “La Reina del Sur”, jugadora de su “Tabla de Flandes” y compañera en su “Territorio Comanche”, su Sevilla burguesa hasta en su prosa, que tira de la piel de un tambor estirando tanto la trama que la rompe, me supuso una decepción sólo comparable a la sufrida con sus colegas Asensi y Ruíz-Zafón aquí reseñados.

13. Rebelión en la granja, George Orwell.

Y yo venga a atacar a los clásicos. Uno de esos libros que, si dices no haber leído o, peor aún, no haber disfrutado, supondrán tu condena inmediata y fulminante a la esfera del ostracismo literato. Para no sufrir tes penitencia por lo primero, la leí, sólo para descubrir con horror que me encontraba en el segundo caso. En fin, señor Orwell, siempre nos quedará 1984.

14. Perdona si te llamo amor, Federico Moccia.

El caso de este italiano que parece ser el nuevo rey Midas de la literatura moderna fue curioso. Primero fui, digamos, compelida, a ver la película adaptación del libro, que a mis amigas había enamorado hasta el punto de verla, voluntariamente, varias veces. No me gustó. Sin embargo, dado el furor que desataba el compatriota de Armani, decidí darle una segunda oportunidad en forma de libro. Sólo diré que los libros de Harry Potter, dirigidos supuestamente a un público infantil, tienen una trama más elaborada, unos personajes con más matices y un mundo mucho más verosímil que el que construye el tal Federico este en su libro. En fin, que para tramas romanticonas pseudo-adolescentes simplistas mejor ver cualquier teleserie patria. Cualquiera. En serio.

15. Los platos más picantes de la cocina tártara, Alina Bronsky.

El libro culpable de este peñazo de post que, aunque no haya sido mi intención en ningún momento, seguro que enfada a más de uno. Por si las moscas, lo siento. Reitero que aquí, haciendo uso del que, de momento, sigue siendo uno de los pocos derechos constitucionales que no nos han robado, he expresado con libertad mi humilde opinión. Este libro tiene en común con los anteriores sus buenas críticas en general, lo que me hace plantearme si el problema no serán los libros y seré yo, que tengo un gusto algo raro. El caso es que es otra de esas novelas planas, que vas leyendo y leyendo a ver si pasa algo y pasan muchas cosas pero ninguna tiene sentido, ni trama, ni explicación fundamentada. Los personajes y los hechos bailan al son que marca el autor sin más lógica que la voluntad de éste, y con un final que lo mismo podía serlo del libro, que de un capítulo. Incluso de un párrafo.

En resumen, queridos míos, si os gustan los libros que voy recomendando, no os leáis estos. O sí, eso ya va en cada uno. Yo también soy de esas de “desengáñate por tu propio ojo”. Todos tenemos a nuestros dioses y nuestros monstruos, aunque a los primeros les cantemos las alabanzas cada vez que podemos y a los otros intentemos olvidarlos. ¿Cuáles son los vuestros?

Por Plug In Polly

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